lunes, 30 de junio de 2008

Agobio

-¿Tomamos un café?- Abría la conversación telefónica de dos viejos amigos. -¡Uf!, ya me gustaría, pero el trabajo me desborda, no puedo escaparme ni un minuto, mejor nos tomamos un refresco y picamos algo. Sobre las nueve y media cuando termine-.

Sin mayor inconveniente, el amigo se adaptó a la petición y quedaron a una hora más tranquila. El segundo, a pesar de todo, llegó tarde y sofocado. Le preguntó, qué había ocurrido. Así, mientras cenaban, empezó a desgranar el sinfín de problemas que tenía en la oficina, todo lo que se esforzaba y la mala organización que había en la empresa, lo incomprendido, impotente e infravalorado que se sentía. Agotado de trabajar y para colmo, quizás, ni podría disfrutar este año de todas las vacaciones programadas, sin contar, desde luego el traspiés sufrido cuando el jefe no le subió el salario todo lo esperado.

La velada transcurrió bastante rápida, pues, cuando, ya más relajado miró el reloj, eran más de las dos de la madrugada, momento en que empezó a pesar el despertador de la mañana siguiente. Por eso quizás su cabeza dio un giro, un cambio de plano, levantó la cabeza y dijo al amigo, -Bueno, y tú, ¿qué tal?, no me has contado nada-. –Me han diagnosticado cáncer, me quedan dos meses de vida-.

1 comentario:

Julio Cienfuegos dijo...

La vida es un soplo.

Si no somos capaces de parar el tren que nos arrastra, mirar atrás, reflexionar un poco, disfrutar de las pequeñas cosas, saber dar a cada problema su importancia y dimensión, no habremos sido capaces de calibrar qué mundo hemos vivido.