domingo, 15 de enero de 2017

Hay que eliminar espacios naturales protegidos

Acaba de cumplirse el centenario de la Ley de Parques Nacionales de 1.916, el centenario también de la Red de Parques Nacionales de España.  En los últimos años se ha producido una explosión de declaraciones de protección de territorios con múltiples figuras legales que parecen haber cubierto las demandas de los más radicales ecologistas.

Más del 30% del territorio asturiano tiene alguna figura de protección, Andalucía cuenta con 2 parques nacionales, 17 parques naturales, 30 parajes naturales, 14 reservas naturales, 21 parques periurbanos y 2 paisajes protegidos. 2.904.984,38 hectáreas; 2.824.910,23 hectáreas de superficie terrestre y 80.074,15 hectáreas de superficie marina. El porcentaje de superficie andaluza perteneciente a la Red de Espacios Protegidos es del 32,24%. Canarias tiene 347.904 hectáreas protegidas, el 47,8% de su territorio.

Puede parecer una buena noticia, en mi opinión es la punta del iceberg de un enorme fracaso. Porque las políticas de gestión del territorio son inexistentes, porque las decenas de millones de euros gastadas en conservar especies emblemáticas son estériles si las mismas se quedan sin hábitat, porque los espacios protegidos se están convirtiendo en jaulas de cristal cada vez más asfixiantes.

El poder del hombre y su acción sobre el territorio es brutal. En los últimos treinta años hemos transformado más el paisaje de lo que se hizo en los 2.000 años previos. La tendencia continua, el problema es global, camino de ser irreversible.

Por ello, circunscribir los retos de la conservación a la protección legal de un territorio físico me parece hoy ya, absurdo. Es, como darles la razón a los negacionistas del cambio climático y pensar que el problema se arregla por cambiar el coche de gasoil por un coche eléctrico. No, no se arregla el problema, sólo se retrasa, pero no se ataca la raíz, lo que realmente tenemos que plantearnos es si necesitamos el coche y le damos el uso en el futuro que le damos hoy.

Centrando el esfuerzo en los grandes centros de biodiversidad, que hay que mimarlos, no quepa duda, estamos dando por perdido el resto del territorio, sacrificando las naves menos valiosas que diría un almirante. Pero el resultado es que cada vez tendremos menos espacio valioso, cada vez estará más acotado y cada vez se necesitará más dinero y más presión para mantenerlos. 

Seguirán siendo muchos los que consideren los espacios protegidos como centro de costes en lugar de modelos a seguir. Y ese enfrentamiento cainita sólo tiene como resultado, pérdida. Pérdida de ilusión, de dinero, de ilusiones, de especies. Son demasiados los conservacionistas que miran con impotencia como su espacio natural protegido se degrada día tras día. Por eso, porque seguimos planteándolo como una dicotomía.

El reto no es la protección legal de ciertos territorios, la cuestión clave pasa porque el hombre reconcilie su modelo de vida con el medio que lo hace posible. Mientras no entendamos esta premisa básica, las políticas de conservación están condenadas al elitismo, al romanticismo y al pensamiento melancólico, tal como miramos hoy a los conservacionistas del siglo pasado, ese que hace proliferar los estudios científicos sobre aquello que perdimos.

Recluir la biodiversidad a guetos es nuestra propia agonía.