jueves, 29 de septiembre de 2016

El zumbido del supermercado

Pasear por los lineales de un súper es una experiencia de vida. Nada más erótico que disputarse la última tableta de tu marca preferida y acabar en el mismo sofá que tu inicial rival compartiendo chocolate, peli, cama.

A deshoras, los súper son refugio de almas desconcertadas que buscan taponar su soledad con una cerveza exótica o un helado hipercalórico.

Otros, algo más frikis, miramos etiquetas, precios, procedencias, fabricantes, inmersos en la oleada marca blanca, nos da por jugar al tetris en las contraetiquetas buscando el dato deseado.

En ese peculiar paseo por los lineales, podemos reparar en que cada vez, ocupa más espacio los frigoríficos, que el zumbido monótono de las máquinas ha usurpado el sitio a los reponedores. la mir
ada se pierde en el horizonte de detergentes sin localizar a nadie, cuesta encontrar a dependientes a los que preguntar.











Cada vez más loncheados y envasados versus el trato personalizado. 

Aparece el análisis de costes de repente, el apartado del cerebro encargado de cuantificar se pone en acción. El zumbido de las máquinas enfriadoras frente a la charla y ajetreo del personal. Para el establecimiento es más barato el coste de la energía que el de personal, así de concluyente. Pueden analizarse mil variables y hacer hojas de cálculo con decenas de macros y fórmulas, pero la reducción al absurdo muestra la evidencia: coste hora de energía frente a la mano de obra.

Lo palpamos en el último eslabón, en la tienda, pero ocurre en toda la cadena de valor. Las máquinas y la automatización gana la partida a las personas.

Un modelo pilarizado en la energía, en donde la eficiencia del sistema estriba en cantidad de energía barata, un modelo de vida exprimidor, un esquema de producción y consumo que tiene a la irresponsabilidad como diosa.

Cuando pases a comprar yogures, loncheados, semicocinados o pasta envasada, por favor ten presente, lo barato nos está saliendo caro. El frío zumbido está sustituyendo al empleo, a la biodiversidad, a la cultura, a las relaciones personales, está hipotecando el futuro.

Sustituir el swip! del celo del blister individual frente a la televisión por la compra en el mercado y la tienda de proximidad es el mejor favor que podemos hacerle al mundo y a nosotros mismos.