lunes, 20 de febrero de 2017

Menos bolsas de plástico, ¿Queremos hacerlo?

De Marruecos, los viajeros, tradicionalmente, se han traido una imagen en la retina, el ondular multicolor de miles de bolsas de plástico en las cunetas y afueras de las ciudades. La escena, que puede verse en otras partes del mundo, era acompañada en no pocas ocasiones con las columnas de humo de cercanos vertederos.
Crece la población, crece el consumo a un ritmo mucho mayor que los servicios públicos de recogida o la propia conciencia de la ciudadanía. Esa es la multicausa.
Cuentan que el rey de Marruecos, se salió alguna vez de la ruta prevista, se escapó del recorrido que habitualmente le despejan y limpian, y pudo ver el mosaico grotesco de las bolsas de plástico agarradas a arbustos y espinos. El clima seco y el viento de la región propagan las bolsas por el territorio como una mala enfermedad.

El rey se enfadó y decidió que eso no es de recibo. Había que dar ejemplo además ante la inminente cumbre del clima de la que iba a ser anfitrión. Dicho y hecho. En julio de 2016 se prohibió en Marruecos el uso de bolsas de plástico. Ahora se compran y son de papel, el comerciante que utilice bolsas de plástico se arriesga a severas multas. Los resultados, espectaculares: mejora del medio ambiente, del paisaje, ahorro en gestión de residuos,....
En España está en marcha un real decreto para la reducción del consumo de bolsas de plástico. Según el propio gobierno, el decreto busca desincentivar el uso de las bolsas de plástico por sus efectos sobre el medio ambiente y establece como mecanismo básico, fijar un precio mínimo por bolsa de entre 5 y 30 céntimos.
Aclarar, en primera instancia que más que iniciativa propia iniciativa, lo que hay aquí es obligación formal. El gobierno sólo está transponiendo la obligación que ha definido la UE en 2015 con una directiva europea.
España tiene un consumo medio de bolsas en comparación a los países de su entorno. El consumo está entre 100 y 200 bolsas por ciudadano al año. En cambio, el uso de bolsas de plástico de múltiples usos es casi nula. 
El proyecto de regulación establece como objetivo que, a 31 de diciembre de 2019, el consumo anual de bolsas de plástico ligeras no supere las 90 unidades por persona y que, a 31 de diciembre de 2025, el consumo anual de estas bolsas no supere las 40 unidades por persona y año. Largo lo fías Sancho.
El mecanismo que utiliza el decreto es el de desincentivar mediante pago. Aplica un concepto básico en la ya tradicional política conservacionista nacida en los años 70: Quien contamina paga. Principio que ha evidenciado sus limitaciones en demasiados casos y se ha mostrado inútil en políticas transversales.
Porque penaliza a los que menos tienen y se obvia la conciencia de los que más tienen. Las economías, las familias más modestas, los comerciantes más pequeños cargarán con el mayor descenso del consumo, no les quedará otra, cuestión de necesidad. Los grandes, en cambio, harán caso omiso, pecata minuta.
El fondo del decreto vuelve a arrastrar las bases neoliberales de que, si tengo, lo hago, si tengo, lo pago, y del futuro que se encargue otro, que lo colectivo no es asunto mío. Va siendo hora de sacudirnos ese rancio, torpe y egoísta pensamiento que algunos lo tienen por dogma.
Es un error de bulto el esquema de trabajo del gobierno, porque mala intención seguro que no tienen, quiero creer que no. Deberían darse cuenta del mismo y cambiar su filosofía. Provocar la reducción en el uso de bolsas de plástico hay que acometerlo, al menos en dos planos paralelos. En primera instancia porque la mejor bolsa de plástico es la que no se utiliza, y para eso hace falta educación y conciencia colectiva a la que hay que trabajar y hacer crecer. Y en segundo lugar, porque el coste del uso debe obedecer al principio social de capacidad.
Esta línea de trabajo nos lleva, de un lado, a campañas de concienciación y, de otra, a la implantación de un impuesto. Cuestión que tampoco es que estemos inventado. Es la opción que ya ha sido escogida en otros países europeos y que está resultando eficiente y nada distorsionadora de la competencia. Aprendamos de lo que funciona.
Bien definido y asignado, un impuesto directo, cargaría sobre el conjunto de la cadena de productores y usuarios el coste y sobre el conjunto de los ciudadanos y el territorio los beneficios de la recaudación.
Si de verdad consideramos nocivo y caro el abuso que estamos haciendo del plástico, hay que demostrarlo y plantear las soluciones con seriedad, con objetivos claros y contundentes. El inocente enfoque del gobierno vuelve a evidenciar la poca relevancia que otorga al futuro del planeta, a la calidad de vida de las próximas generaciones.

Da la impresión que a veces se legisla por inercia, por aparentar que se adoptan medidas, pero sin un objetivo claro de cambiar conductas y mejorar nuestra convivencia. Parece ser que solo cuentan el ancho del lomo del BOE. Y hablando de ello, a ver si solucionamos lo del plástico que tenemos que empezar a hablar del papel y cartón.