martes, 2 de diciembre de 2014

Llevando las ovejas por la Cañada Real Conquense


Las mejores estrofas y rimas del poeta suelen brotar de sus momentos más ásperos y solitarios. La vida del pastor lo es en sí misma, por eso, a pesar de su posible apariencia tosca, los pastores siempre tuvieron para mí un halo místico, casi mitológico.


Arrecia el frío arriba, la tierra se resquebraja al pisarla, el ganado necesita mucha caminata para saciar su apetito. Es la hora de bajar, de buscar los prados de invierno. El rito de la trashumancia se vive de manera discreta, silenciosa, distante del ajetreo y bullicio de las urbes.

Un oficio antiguo que tiene la virtud de renovarse cada año, porque cada vereda es nueva por más que mil veces recorrida. El itinerario siempre alberga novedades y sorpresas. Aprendizajes, experiencias, conocimientos.

El ganado necesita bajar a los valles para tener comida y alejarse del recio invierno de las montañas. La cuestión clave es que ese trasiego ofrece vida al campo y sus gentes.  
 
En primera instancia aumenta las posibilidades de mantener cabañas ganaderas en extensivo, una actividad económica imprescindible en demasiados rincones de nuestro territorio. El ganado es la principal fuente de riqueza de muchos pueblos de nuestra serranía. Y en segundo lugar, el ecosistema recibe múltiples beneficios de la presencia de las reses: Es el mejor preventivo contra los incendios forestales, esparce las semillas, abona el terreno... La dehesa no tendría sentido, sin ganado extensivo. La trashumancia genera biodiversidad.

 
Es un deleite sólo contemplarlos, mirar como desarrollan su trabajo. Como se anticipan, la paciencia que tienen con los animales, el cariño y respeto que les tienen. El profundo conocimiento que está detrás de cada gesto, de cada acción. Conocen sus querencias, sus preferencias, sus virtudes, sus taras; y las gestionan adecuadamente. El pastoreo encierra muchísima ciencia.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Los pómulos y las manos algo quemadas, desaparecerán pronto, pequeño recordatorio a los que solemos estar protegidos de los rigores del campo en invierno. Aquí la vida es dura en si misma. Las retinas, los oídos, la nariz, el paladar, el tacto, aún retendrán las imágenes, los sonidos, los olores y sabores algún tiempo más. La satisfacción y el agradecimiento por la vivencia quedarán para siempre.

1.300 gracias, Emilio, Andrés, Antonio, Jordi, buena vereda.

1 comentario:

Ezequiel Martínez J. dijo...

Gratísima experiencia a lo que se lee. Muy importante la función diseminadora de semillas que originan los animales con su tránsito por las veredas, cordeles y cañadas reales. La trashumancia mantiene vivo el bosque, la montaña y la rica Biodiversidad. Apoyemos a los ganaderos y a su esfuerzo por mantener a la ganadería y al mundo rural vivo. Ezequiel Martínez