miércoles, 23 de septiembre de 2015

No más Riaños


En nombre del progreso y a golpe de autoridad legal y respaldo de las fuerzas de seguridad del estado, el valle de Riaño se inundó hace unos veinticinco años. Ocho pueblos desaparecieron bajo las aguas: Burón, Pedrosa del Rey, Salio, Escaro, Anciles, La Puerta, Huelde y Riaño.

Según cuentan las crónicas: “Al amanecer del 7 de julio de 1.987 repicaron las campanas de la iglesia de Riaño anunciando la llegada de decenas de vehículos de la Guardia Civil. Hubo defensores que se subieron a los tejados para evitar la demolición de las casas y se produjeron cargas policiales. Antes,
en diciembre de 1.986 se derribaron los primeros edificios, sobre las que se asentaría el gran viaducto. Un camión en la puerta de la casa marcaba un plazo de horas para su desalojo, para proceder acto seguido, a su derribo a golpes de excavadora. Ese verano fueron cayendo bajos los cazos de las máquinas, las casas de los ocho pueblos mencionados. No quedó piedra sobre piedra. También se perdieron un buen número de joyas de un rico patrimonio cultural y artístico

Los vecinos miraban desolados, sabían que había llegado el final de aquella larga agonía que comenzó el 25 de febrero de 1.966, 

cuando el consejo de ministros acordó la ejecución de un embalse en Riaño (León). Una ejecución que firmó Francisco Franco y que hizo efectiva el ministro socialista, Javier Saenz de Cosculluela. En las décadas de los sesenta y setenta, se realizó el proceso expropiatorio. 

En aquellos años, oponerse no era fácil y los vecinos fueron firmando valoraciones impuestas, y con poco margen de discusión. Los pagos se demorarían hasta los años ochenta. Surgió una gran oposición al macroproyecto, tal y como estaba concebido. 
Desde muchos ámbitos se intentó cambiar la gran obra faraónica por otra menos impactante, pero no se consiguió nada.
Al poco tiempo, las leyes de Europa obligarían a realizar un estudio de impacto ambiental. Llegó tarde. El valle había quedado sentenciado de muerte




La comarca de Riaño y Tierra de la Reina tiene hoy un sabor muy especial, montaña leonesa en estado puro. Rincón privilegiado del mundo. Tan dura y austera como atrayente y sobrecogedora. Tan desconocida para el gran público como de obligada visita.

Las campanas de Riaño se mudaron, en realidad se trasladó la iglesia completa, piedra a piedra y hoy repican desde lo alto de la gran loma que sirve de emplazamiento para el Nuevo Riaño. Allá abajo, escombros envueltos en lodo.

En la cola del pantano, en Boca de Huérgano se sumerge la senda asfaltada, Nacional 621 la llamaban, que antes llevaba a los pueblos del valle. Tras un recorrido ya imaginario, vuelve a salir por el otro lado del pantano, por Vegacerneja, emergiendo sin transeúntes, carros o coches de las aguas.

El pantano volverá en este año hidrológico que ahora comienza a recoger las lluvias y deshielos de las montañas leonesas, palentinas y asturianas. Agua que se almacena y cubre necesidades de los pueblos y ciudades de la planicie castellana, allí, abajo de la montaña, pero arriba, el agua embalsada reporta escasos beneficios más allá de bonitas tomas para los fotógrafos.



Vivir en Riaño, Burón o Lois no ha cambiado por la construcción del pantano. Se perdió tierras de cultivo, de pasto, patrimonio cultural y humano, se les aportó poco a las personas que decidieron seguir viviendo en la comarca.

Aprendamos. No más Riaños. Que el año hidrológico resulte benigno.


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