viernes, 17 de marzo de 2017

A la hostelería isleña, espabilarse

Toda actividad orientada al público tiene que estar impregnada de la vocación de servicio, es su ley básica de supervivencia en el libre mercado. Si, además, se dirige al tiempo de ocio, la atención al cliente, ofrecer una gran relación calidad/precio es el único canal que permite la viabilidad del negocio.

Esta regla básica se rompe en demasiadas, demasiadas ocasiones en Isla Cristina. No puede ser que, desde que tomen la comanda en el restaurante, hasta que sirvan el primer plato transcurra una hora y veinte minutos. No puede ser que el propietario de un servicio de restauración se queje de no haber tenido tiempo para descansar y sentarse a comer a mediodía. No puede ser que, para ayudar al camarero, el cliente tras esperar un rato, le lleve los cubiertos usados a la barra y reciba un reproche porque se le está agobiando. No puede ser que se equivoquen en la cuenta, quieran cobrar por exceso y se excusen de que el responsable de la caja no recuerda bien los precios. No puede ser. Cada suceso fue en un establecimiento diferente. Nada de esto tuvieron que contarme, lo viví el domingo de cabalgata. Una jornada que tiene vocación de ser un escaparate al visitante.

No puede ser que, a la vez, cada vez que tiene ocasión, la hostelería isleña se queje a propios y extraños de la ausencia de público, que se queje de falta de medidas de apoyo, se queje de que los clientes se van a otros lugares y que el pueblo, expresión muy propia, "se quede muerto".

Es que el público puede tener paciencia, pero no es tonto y sabe comparar, y a continuación, elige. Algunos que se piensan estupendos deberían de hacer la prueba del cliente fantasma, muchos se sorprenderían de lo que tienen que aguantar los que al final pagan la cuenta. Que visiten lugares cercanos y comprueben la calidad de la cocina, el acondicionamiento del local, el trato, educación, idiomas de las personas que atienden, que valoren todo eso cuando, al final llega el ticket.

El cliente, afortunadamente, puede elegir y si no nos escogen, es necesario preguntarse por qué. Y no vale como opción considerar que el mal está siempre fuera. Tenemos que reconocerlo, la hostelería isleña tiene serias carencias: de originalidad, de calidad del servicio, de profesionalidad, de gerencia. Montar un bar es algo más que ponerle una barra y sillas a un local disponible y esperar que la gente entre.


Asegurar la calidad del establecimiento de hostelería tiene fundamentales beneficios: fidelizan la clientela, favorece el boca-oreja, estimula el consumo, mejora la imagen del destino, potencia las campañas públicas de turismo. Hacerlo bien genera empleo y riqueza.

Los clientes también tienen que asumir su parte de responsabilidad. En primera instancia ser educados y respetuosos, es lo mínimo. A continuación, manifestar educadamente el descontento, denunciar el abuso, poner hojas de reclamaciones si es necesario, en la UE es práctica habitual, dejemos de ser complacientes con los fulleros que se visten de profesionales. También el cliente tiene que premiar el buen establecimiento con la fidelidad, felicitar públicamente, aconsejar los lugares que merece la pena.


Si queremos que el turismo sea fuente de riqueza para Isla Cristina en los próximos años, hay que espabilarse, ya.