sábado, 3 de febrero de 2018

AGARRARSE A CLAVOS

Entiendo que una vez superado el primer arrebato, la primera reacción visceral, puede reflexionarse sobre la adhesión a los símbolos y lo que ello supone. Las inercias tienen un lado muy afilado que conviene vigilar.

La simbología tiene una utilidad muy importante, muy valiosa pues permite escenificar y comunicar rápidamente muchas intenciones. Como punta de lanza ayuda, pero eso, como avanzadilla. Después, tiene que haber un fondo, un contenido, una explicación, una causa y unas consecuencias.

Sigue llamando mi atención la guerra de banderas. Eso a lo que tantas decenas de miles de ciudadanos se han sumado, lo de identificarse con una bandera, comprarla (en los chinos) y hondearla en el lugar más prominente. Siempre ocurrió de facto a lo largo de la historia en todas las guerras, tampoco es ninguna novedad. Los estandartes, escudos heráldicos, blasones, pendones, y banderas han derramado más sangre que la que cualquier montaña o líder enterrado bajo ella se merecerán nunca.

Cuando reclamaron mi presencia ante la primera proclamación pública con tales fines, hace unos meses. Esa llamada que te insta a colocarte a la sombra de una bandera, respondí que había que pensar que esa acción implicaba algo más que celebrar una victoria deportiva. Nunca me replicaron más allá de un par de fotografías sonrientes con pintalabio en los carrillos.

Cada día, al ver las banderas colgadas en las ventanas o contraviesas de familias que no llegan a tener para balcones, me pregunto como puede, desde sectores humildes, trabajadores, sacrificados, ostentar la bandera de un estado que los oprime, que, a sabiendas, les está haciendo pagar la parte más dura del fracaso neoliberal, que les recorta servicios, educación, sanidad. Que les rebaja los salarios, que los ningunea e incluso desprecia.

Paco Casero, con quien tengo la suerte de compartir tiempo y espacio, me decía ante esto, que no hay nada más peligroso que los Dumper. Vuelve a tener toda la razón. A lo largo de la historia, los colectivos marginados han aupado a líderes que después los han pisoteado. Por citar sólo dos ejemplos cercanos en el hilo, pasó con algunos judíos y Hitler, pasa con algunos negros e hispanos con Trump.

Cada uno puede tener sus motivos para sumarse y respaldar lo que mejor considere. Lo necesario, es encontrarlos. Pueden tener poderosos motivos los ciudadanos de cualquier pueblo, de cualquier ciudad para defender una bandera. Lo que es exigible es que identifiquen los motivos y los objetivos antes que les aplasten las lamentaciones.

Desde luego siempre es más positivo, constructivo y saludable coger una bandera, más que para ir en contra de otro, cogerla a favor de uno mismo, esto es, tener identidad de Pueblo. Desarrollar eso es lo que debiera ocuparnos y preocuparnos. Agarrarse a clavos ardiendo, a una tabla salvavidas no puede hacernos olvidar que somos parte de un naufragio.

Soy incapaz de presumir de una bandera, de un estado, que sigue demostrando que las personas están al final de la cola, que sigue reverenciando al objetivo financiero, que se sigue creyendo de segunda, que no apuesta por su gente, su sociedad civil, por su futuro. Que sigue obsesionado por la corrupción en vez de por los índices de pobreza o los derechos de la infancia. Que le pide a las empresas que exporten y se vayan fuera, como a los jóvenes. Una partitocracia decadente egocentrista incapaz de diseñar estrategias y soluciones.

Sacando las banderas, les hacemos el juego, los respaldamos. En la simbología todo suele ser bastante sencillo, pero nunca puede ser gratuito.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenísimo, muy bien expresado y muy cierto todo lo que escribes. Enhorabuena!!!