Precuneo

Vaya palabreja, ¿no te parece, amigo? Pues que sepas que la utilizan los neurólogos. Que el precunio es una parte del cerebro, y no una parte cualquiera sino una crucial, porque es la que nos permite tener conciencia, saber que somos, que existimos. Dicen los científicos con su habitual arrogancia que solo la tiene el homo sapiens y que más que el efecto de la evolución es casi un accidente. El precunio nos permite tener constancia de nuestra propia existencia. Es la parte del cerebro que habilita nuestros monólogos interiores. El germen por tanto de nuestro estado de ánimo no son las hormonas a las que le echamos, a las pobres, la culpa de casi toda, es el precunio el motor de nuestra felicidad y nuestro desasosiego, de nuestras muestras de afecto y de oído, de la infinita montaña rusa en que tenemos la sensación de vivir.

La razón básica de acabar mareados y no saber a ciencia cierta si estamos felices o deprimidos. Como están ahora los universitarios, que en época de examen tienen cara todos de estar viviendo en el mundo del revés. Qué tiempos. Recuerdas la de café que tomábamos, la de granos que nos salían, la de enfados estúpidos que brotaban por doquier. Y los agobios. Era la palabra estrella. A algunos se les ha quedado enquistada de por vida. Todavía a muchos les cuesta reconocer que la vida de estudiante es la mejor del mundo y de todos los tiempos. Y la primavera. Que más quisiera que vivir la vida entera como estudiante el día de la primavera.

Ahora he sabido que es muy habitual que los estudiantes se pongan estampitas de santos en el pupitre del examen. Supongo que Judas Tadeo tendrá las existencias agotadas. Parece que también lo hacen los opositores. Hay gente que lleva fotografías de sus abuelas, de su cofradía. Que no está mal, digo yo, que te encomiendes a los poderes divinos, pero siempre fue más práctico estudiar, no sé, digo yo. Y también es significativo que una generación universitaria que tiene que estar volcada con la ciencia y el método, el esfuerzo y el talento, fie su futuro a poderes sobrenaturales. Cuando menos, que dirían los doctores, es muy sintomático de esta sociedad nuestra.

La de veces que me han deseado paz y amor, amigo, entiendo que casi tantas como a tí. Ojalá se cumpla y en todas sus formas, yo así lo quiero, pero me da que en la práctica seguimos siendo muy básicos. Porque eso de la paz, acaba derivando, como puedo comprobar muchas veces, en un simplón, que me dejen en paz, que quiero estar tranquilo, que eso no va conmigo, que cada uno arregle sus problemas, que cada uno en su casa y dios en la de todos, que repiten en muchas casas de bien.

Y lo del amor, que quieres que te diga, ¿lo que también acabo topándome a menudo? Pues que lo del amor de madre queda bien en los antebrazos de los legionarios, al menos hasta que envejecen y el tatuaje se les distorsiona, pero lo que de verdad cuenta son los matches, Ismael. Fíjate que, como ahora todo se sabe, está constatado que uno de los propósitos más recurrentes del año nuevo es mejorar la vida sexual. Tanto es así, que el día de más citas del año es el primer domingo de enero, conocido ya como el Dating Sunday. Qué buenos propósitos con el brindis de nochevieja, pero que a los tres o cuatro días, a lanzarse a por el propósito o la propósita.

Dejar huella, que hay que dejar huella. Entiendo que no la pisada en el cemento fresco, ni garabatear la fecha de cuando se puso el suelo de la terraza. Entiendo que es dejar algo tuyo en la vida para cuando no estemos. Haber cumplido una aspiración, un plan, haber construido, sembrado. Estuve, por cierto, sembrando con toda la familia el día de año nuevo, que maravilloso resultó.

Siempre huellas en positivo. Te dejo la huella de una lincesa. Están en celo en
estos días y campean más largo y amplio de lo habitual. Se dejan ver con la poética luz de invierno. Te hubiese encantado ese momentazo, el frío se me quitó y la lágrima fue, por fortuna, de emoción. Porque encontré el otro día un resquicio y me colé en Doñana, volviendo a hacer gala de este objetivo nuestro de que los espacios naturales protegidos sean también lugares de disfrute y aprendizaje. Porque se conserva lo que se valora, y se valora lo que se conoce. Poner rejas al campo, aislar nuestra naturaleza más emblemática de la ciudadanía es un flaco favor a las políticas ambientales, agrarias y rurales.

Fijarse en el ejemplo de ciertas personas que no pasan desapercibidas, su presencia y sus actos alteran la atmósfera que los rodea, causan impacto. Otras, sin embargo, pasan sus años aferradas a la vida sin alterar nada, el tiempo se les cuela entre las arrugas, luego, mueren, son enterradas, y olvidadas. Eso, para mí, es una traición a la propia vida. Algunos están faltos de espíritu, de iniciativa, de ambición, de constancia, de empeño, de ilusión. Siempre me sentó terriblemente mal la negativa con la excusa del no me apetece. La inapetencia, Ismael, sinceramente te lo digo, es la más corrupta de los estados de ánimo.

Las redes tecnológicas que nos lo facilitan todo, pueden pasar en un segundo, en el tiempo de un click, de lo imposible y la máxima libertad, a ser nuestro cautiverio y nuestra ruina. Pasamos de sentirnos seguros a sumergirnos en la incertidumbre. Como si nos dieran un patadón en la boca para sacarnos de nuestra zona de confort. Pero ojo, no nos confundamos y matemos al mensajero, no son ellas las artífices, somos nosotros. No matemos al mensajero. Somos nosotros los únicos culpables de sobreexponernos, desnudarnos y hacernos vulnerables ante la maldad.

Disculpa mi brevedad y pragmatismo amigo, necesito ser práctico. Tengo en estas fechas mucha faena, y me pongo a ellas con empeño, convencido de que lo que hacemos en la Fundación Savia es útil para las causas justas, para mirar al futuro con esperanza, para que nuestros nietos puedan sentirse orgullosos. En un mundo en el que nos pasamos el día hablando, pero donde las palabras significan menos, un mundo en el que parece que no hemos aprendido nada porque sigue primando la ley del más fuerte, las ideas, si no se viven, sirven de poco.

Cuando algunos alardean de conservadores, como si fuera un distintivo de clase, apenas inconscientes de que los más revolucionarios y rompedores han sido siempre gente de esferas burguesas y pudientes. Deberíamos, Ismael, rebatirles, que somos nosotros, personas corrientes como tú y como yo, gente de trinchera, los más conservadores del mundo. Trabajamos por la conservación, pertenecemos a organizaciones que llevan el término por bandera. Porque estamos empeñados en conservar la integridad de todas las personas, de la propia condición humana, la supervivencia digna de todas las especies en la Tierra. No puede haber nada más conservador que eso, y si no, que se levanten Gandhi y Jane Woodall.

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