miércoles, 26 de enero de 2011

Subir a la terraza

Cierra la puerta tras de si, con un golpe seco, contundente, decidido. Se sienta en el escalón. A veces clava su mirada triste, tristemente serena en una esquina cualquiera y así permanece varios cadenciosos minutos. Otras, en vez de sentarse, parece derrumbarse y tal como cae se echa las manos a la cara y solloza.

No la he visto llegar nunca al llanto desconsolado, es probable que haga ya mucho tiempo que asumió, aprendió que la desesperación no es la meta.

Sale a su terraza en chandal, en bata, en vaqueros, en ropa de andar por casa, llega a su rincón a cielo abierto para aislarse de los otros. Es su hueco, su momento para escapar un rato de su encorsetado mundo y saca fuera, entrega al aire un cacho de su pena.

Espero, deseo que ella a mi no me haya visto nunca pues a la rabia por la impotencia que ya siento, tendría que unir la vergüenza de haber sido descubierto como fisgón.

He tenido algún vez el impulso de saludarla por la calle y buscar la forma de darle ánimos, de buscar caminos para ayudarla, pero no tengo derecho, no puedo.

Es ella la que tiene que romper las ataduras y salir de sus círculos viciosos. Cada uno debe tomar las riendas de su vida, no dejar que las circunstancias nos dominen, aunque a veces, desde lo profundo del pozo la luz quede demasiado alta y escalar los muros que nos rodean y asfixian se haga una tarea utópica.

Ella es de las escasas personas que me alegro de no ver demasiado. Cada día que no sale a su terraza la vida me da un pellizco de alegría, entiendo que ha encontrado otras cosas, otras personas en las que sostenerse.

Retrato en pastel y grafito de Susana Weingast

2 comentarios:

Martha dijo...

Antonio! Muchas gracias por visitar mi blog. Aqui tienes a una lectora mas!
Un saludo.

maria dijo...

Martha, soy una conocida de Antonio,Me encanta tu relato

Un saludo

Rocio