Anger

Perder las formas es perder la razón. ¿Te acuerdas la de veces que nos lo repetía Don Manuel? Le encantaba que nos pusiéramos a debatir, pero odiaba que se evaporase la templanza con nuestro ardor. Me acuerdo de él cuando alguien reclama lo de la libertad de cátedra porque era el único que se salía del guion de aquella metodología de tenernos todo el rato copiando callados o repitiendo como papagayos. Con todos sus defectos, contribuyó de forma decisiva a modelar aquella generación de pipiolos deseando estrellarse contra cualquier cristal de rascacielos.

A pesar de lo que estamos viviendo, algunos rancios siguen acusando a los jóvenes actuales de que no les importa la política, lo público, el futuro común. Yo estoy en desacuerdo, la juventud está muy politizada. La cuestión es que su implicación no está sostenida en ideologías, en doctrinas, en luchas colectivas. Los jóvenes están hoy politizados mediante soflamas que corren por las redes sociales.

Por eso, están más radicalizados que nunca, son odiadores natos y defienden a ultranza posiciones populistas que no son capaces de defender apenas les hagas media pregunta. Como sigamos así, los listos de la Real Academia de la Lengua, designará odiar como la palabra del año.

El caso, es que lo de los jóvenes, sin disculparlos, te diría que no tienen la culpa, porque ellos maman de lo que ven en el teléfono y escuchan en casa, que no es muy distante la mayor parte de las veces, y todo eso se traslada después al grupo de amigos. Por eso los adultos tenemos la responsabilidad y nuestra gran culpa porque no estamos siendo capaces de hacer crecer en valores a una generación que viene muy preparada en lo académico, que tiene muchos medios, pero escaso juicio y criterio social del mundo hacia el que queremos ir.

Un rayo de luz con este tema me ha venido con las movilizaciones recientes de la vivienda. Porque la impulsan jóvenes con dos estímulos básicos, la reacción ante una injusticia y la toma de conciencia de clase. Porque están sabiendo leer que, el dinero, se lo llevan unos pocos a costa del sacrificio y la desigualdad de muchos.

Tenemos el reto de encontrar el camino en el que quepamos todos, hacer bueno aquel objetivo de no dejar a nadie atrás. En esto, las redes sociales se están convirtiendo en un demonio. Dando juego a la peor de nuestras versiones, las redes sociales han universalizado la opinión, subiéndola a los altares como si de verdades se tratasen. Más aún, ahora, haciendo buena la ley de Murphy, que tiene que ser una de las favoritas del algoritmo, llega la Inteligencia Artificial, que quiere universalizar el conocimiento y el expertis. Basta hacerle la pregunta a la máquina para convertirse en sabio del tema. Así, están creciendo como espárragos, en apenas minuto y medio, economistas, ingenieros, biólogos, historiadores, juristas. Que como además son influencers, tienen el ventilador en marcha las 24 horas.

Apenas levantes la vista, te encuentras a ecologistas de golpe en pecho, empleando miles de kW de energía buscando las más intrincadas chorradas estériles, o te encuentras a emprendedores abriendo cajas de Pandora de los negocios del siglo a cada media hora. La inteligencia artificial es el adalid de la creatividad en la cocina a base de mezclar alimentos, todos envueltos en plástico, haciendo las delicias de los fanáticos de las series televisivas, aquellos que en una vida anterior eran simplemente hogareños. Que tontuna más corrida estamos viviendo amigo, y que difícil resistirse a esa espiral del porque yo lo valgo. Es como si estuvieses nadando y te arrastrase la resaca hacia adentro. La paradoja vital de que, en esos momentos de tensión, salvar la vida pasa por mantener la calma y pensar. No sé si, al fin y al cabo, nos está tocando vivir las pesadillas que han soñado otros.

Que soñase con angelitos era lo que siempre me deseaba mi abuela. Desde luego que le compraba la idea, ya te imaginarás. Nada podía ser mejor que, en el último momento del día, se me apareciese un ángel. Los hermanos Gallagher, con los que no acabo de superar mi enorme contradicción de ir a uno de sus conciertos, porque hacen una música estupenda, pero a los que no quiero dar cancha porque son unos indeseables, han puesto lo del ángel en el título de su documental biográfico, con una pequeña errata ortográfica, pusieron anger.

Te mando en el pliegue de esta carta, cuidado no se te caigan al abrirla, polvitos mágicos de la lluvia, que me consta que tu finca, tus plantas, tus animales, la necesitan. En realidad, la necesitamos todos pues este verano de siete meses está rompiendo los ciclos naturales y yo hace tiempo que aprendí que es estrictamente cierto que la humedad y el frío realizan una función imprescindible, y que los desajustes naturales acaban abofeteándonos cuando más despistados estamos, que, a este paso, ni un buen zumo de naranja guachi vamos a ser capaces de encontrar.

Mira que foto más simpática. Es en Castillejos, al fondo, Ceuta, aunque podría ser en cualquier pueblo, con amigos. Lejos del ultra ruido, las sonrisas lucen más bonitas, no te parece. Cuídate muchísimo.



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