Vesículas de jugo
Tiempo de cítricos. Sabes que me encantan. Aunque los agricultores andan apesadumbrados porque la falta de frío nos los está haciendo cuajar bien. Me he puesto a pelar una naranja y me ha dado por pensar en su fisonomía. Todos sabemos que los cítricos, esta naranja, por ejemplo, se divide en gajos. Los gajos están formados por lóculos, que son compartimentos botánicos. Y los lóculos, Ismael, a su vez, en esto se para menos gente, están formados por vesículas de jugo, que son esas pequeñas cápsulas que estallan en la boca y que forman parte de la maravillosa experiencia de darle, con ganas, un bocado a la naranja.
Esta chorrada de la anatomía de los jugos te la traigo por
lo que hemos hablado tantas veces, que la sustancia, la esencia, la clave, lo
trascendental está en lo pequeño. Porque sabemos que la naranja está buena
cuando llegamos al jugo que está en esa pequeña vesícula. Porque en otro rango
de la vida, somos cada uno de nosotros, vesículas de jugo en nuestro entorno, dentro
de nuestros grupos de familia, amigos y trabajo, que a su vez son los lóculos y
gajos de la sociedad. Somos nosotros los que hacemos sociedad, nunca al revés,
somos nosotros los que, con nuestra conducta, con nuestra actitud, con nuestras
acciones hacemos mejor Pueblo. Acuérdate de esto con la siguiente mandarina.
La de veces que vemos en las películas, en la escena
crucial, cuando el protagonista, pistola en mano, se debate, de forma
dramática, contra sí mismo sobre apretar el gatillo o no. O cuando es el
asesino el que tiene el arma, y uno de los protagonistas se antepone para
salvar al otro. Guionistas y directores tratan de poner tensión y emoción, pues
son apenas esos segundos, los determinantes para calar la moral de los
protagonistas. El momento en que se distinguen los buenos de los malos. El mal,
del bien. Pasan tan rápido, que no solemos pararnos, Ismael, en que, en ese
momento, estamos asistiendo al momento culmen de la moralidad. Porque, quitarle
la vida a un ser humano es lo mínimo que se despacha en moralidad y salvársela
es la medalla de oro.
El principio cardinal de la ética es la valoración de la
vida amigo. De la tuya, de la del Otro, de la de Nosotros, de la de Los Otros.
Colócate en el plano que quieras. Por eso, como extensión, la democracia es la
materialización colectiva de ese principio cardinal, el respeto por la vida, en
el sentido más amplio del término de todos los que la forman, porque, de todos
los sistemas posibles, como las autarquías, las dictaduras, las anarquías, las
monarquías absolutas, de todos los que se conoce, el sistema que permite, de
forma más amplia y justa que tú y el otro, viváis, es la democracia. Cuidémosla.
Y mira que en eso está también justo uno de sus puntos débiles, pues al
incorporar a todos en los derechos, también se da cobijo a las células
cancerígenas que se cobijan dentro de ella para destruirla. En román paladino,
que vaya triste guasa que se beneficien de la democracia las termitas que
avivan los fuegos del odio.
De democracia, demócrata. Justo así se llama el partido
perdedor de Estados Unidos. Estamos a las puertas de las elecciones de medio
mandato, todavía no se ha depositado un voto pero ya sabemos que los demócratas
de la tierra de la prosperidad, los izquierdosos, perderán ante los liberales
republicanos. Se han aburguesado me decían, sus congresistas son empresarios
millonarios alejados de la clase obrera que se ha lanzado a los brazos de sus
depredadores, los neoliberales de Trump, los que ni agua les dan. Será que las
ideologías y la lucha de clases están loquitas en la batidora de un brunch de
los que crecen como setas. Recuérdales que tienen que defender a la clase
trabajadora, me alentaban el otro día cuando dije que tenía una reunión con
unos políticos de tinte rojillo.
Ha muerto una persona por el virus Shamonda. En Francia. La
primera del mundo. Vaya triste guasa pasar a la posteridad por ser la primera
víctima de un virus nuevo. Que nadie estamos curados y que a cualquiera nos
puede pasar, pero vaya doble tristeza que te toque eso.
Los nuevos virus se suceden, cada vez más rápido, a causa de
los desequilibrios que generamos en la Tierra, que siempre se nos vuelven en
contra. Casi no da tiempo a aprendernos el nombre del virus, así que mucho
menos el nombre de su primera víctima. Solo levantamos la oreja cuando la cifra
crece y nos da por pensar si podría llegarnos a nosotros, porque así somos
Ismael, toleramos los desastres que hagan falta siempre que no afecten a
nuestra zona de confort.
Estoy preparando el viaje del que te hablé, y me vacunaré,
no te apures, que no consiste en tener completo el álbum de riesgos. Y a la
vez, recuerda, quien no arriesga, no gana, y es poco atractivo sentirte en el
bando de los perdedores. Te lo digo con toda la intención, que te conozco y
eres de los conservadores. Tienes que perder, te lo he dicho otras veces, el
miedo al no. Que más vale arrepentirse de haberlo hecho a arrepentirse por no
haberlo intentado, que esto de la vida es solo una vez.
El amor es oscuro. Se lo he oído a Alberto Cortes en su
última obra, el corazón de Ester, que cruzamos el río, al teatro central a
verlo. Ester fue aquella chica inglesa del siglo XIX que acabó consumida por el
amor. El artista, Alberto, todo un artista, como a la chica a la que rinde
homenaje, lo entrega todo y se queda vacío para su público. Una obra
controvertida y un mundo, el de Cortes en el que no es nada fácil entrar, pero
siempre hay que intentarlo amigo, siempre. Los ejercicios de comprensión nos enriquecen. Escuchar con atención siempre
merece la pena.
Aunque diga el poeta que las palabras, cuando son dichas,
mueren, pero yo siento, Ismael, que cuando te las digo a ti, adquieren vida
nueva, como cuando lloran las estrellas, porque llego a ti, estoy en ti, las
palabras me permiten ser parte de ti.

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