Othar
Amigo Ismael, te traigo palabras y cariño, sabes que muchos
dicen que empezamos a ser nosotros, que fuimos un poco más humanidad cuando
empezamos a hablar, cuando empezamos a nombrar las cosas, nuestro vocabulario
se enriqueció, nuestra capacidad comunicativa explotó y nuestro cerebro se llenó
de curvas, pero me siguen quedando dudas, en serio y de forma confidencial te
digo, si lo que en realidad nos cambió fue cuando empezamos a enterrar a
nuestros muertos, que es la constancia del sentimiento de respeto, de empatía,
de amor.
No me hagas tanto caso, comprobamos a diario que los
sentimientos no forman parte de la ecuación del éxito. La comunicación, si. En
cualquiera de los casos, la palabra es el arma más poderosa para destruir y
construir, y al ponerle nombres a las cosas, las situamos en el mundo.
Mira los caballos. Hay caballos que se hacen famosos, recordamos
sus nombres, sus hazañas más allá de sus jinetes. Babieca, Rocinante, Jolly
Jumper, Kleiner Onkel, … , pero del caballo de Atila solo sabemos su maleficio.
Que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba. La hipótesis más fiable,
aunque hay decenas, es que el caballo de Atila se llamaba Othar, un magnífico
ejemplar de capaz gris de la raza Tarpan, una raza de caballos hoy extinta de
las estepas asiáticas. Si, si, ya iremos, de verdad, yo también me muero de
ganas.
Les ponemos nombre a los caballos para identificarlos, claro,
pero sobre todo por un sentido de la pertenencia. Es nuestro y lo podemos
llamar como queramos. Sin embargo, dar dinero a otra persona a cambio de algo, de
un caballo, por ejemplo, no hace que sea, según el momento, que sea, su
caballo, mi caballo, tu caballo.
La incongruencia se hace muy notable con la propiedad de la
tierra y los nombres que le ponemos a las fincas. Es de locos pensar que una
tierra que estuvo ahí hace miles de años y que seguirá estando otros muchos
miles de años, sucediendo en ella mil avatares, la consideremos nuestra, porque
en esencia somos nosotros los que le pertenecemos a ella. Es ella la que nos proporciona
todo lo básico para que nosotros podamos estar. Me imagino al terruño, a los
bloques de granito, al cauce del río que es el mismo, pero siempre es nuevo,
reírse de una escritura notarial que será polvo antes de que el viento vuelva a
acordarse de ella.
Tenemos a media población estudiando Ismael. Los chavales,
los universitarios, claro, los estudiosos de vocación. Y los opositores,
cientos de miles de aspirantes a entrar en un sistema que les otorgue
tranquilidad de por vida. A ellos, claro, y que arda Troya, que tú y yo sabemos
que no salen las cuentas con tal carga de burocracia y tal índice de personas
viviendo del estado. Eso sí, todos estudian mucho hasta llegar a la meta, el
examen de oposición. Que cada vez es más difícil y porque ahora es más difícil
copietearse. Los TFG, los TFM, que es como llaman ahora a los famosos y odiados
trabajos de fin de curso, los profesores ahora los pasan por el tamiz
informático del plagio. La máquina, en breves instantes te dice el porcentaje
de texto que ha sido cogido de otros lados. Superado cierto porcentaje, el
trabajo es suspendido y el alumno ultrajado. Usa el profesorado la tecnología
para restregarte que no eres original, como si existiese algo que lo fuese. Y
es que Ismael, la vida, como la escritura, se aferra a la repetición de frases
robadas a otros. Y como podrás imaginar, la frasecita no es mía, sino de
Frédéric Boyer, a quien leí para saber de sus Técnicas del Amor. Otro temita
que tiene tirito, ya hablaremos.
No somos originales, no podemos serlo, porque nuestra
existencia y conocimiento no es espontáneo. Es más, tanto mejor somos cuanto
más esponja seamos. Porque es necesario y aconsejable aprender de las
experiencias, de la curiosidad, de prestar a atención a lo que nos rodea, la
universidad de la vida es la que nos forja. A partir de ahí, tenemos que
utilizar todo eso para encontrar soluciones propias a las nuevas situaciones y
problemas. Pero rehusar, tirar a la corriente lo vivido y no interiorizado, es
el peor despilfarro que nos podemos cometer.
Compré el otro día unas ovas de choco exquisitas, amigo,
como hacía mucho que no tomaba. Las vi al pasar y me pareció que merecía la
pena hacer la cola. Cuando me tocó le dije a la persona que me atendía que
quería ovas de choco. Ah, me dijo a la segunda. Pero eso son huevas de choco.
No sabía que aquí las llamabais así. Si, son huevas de choco. Así es caballero.
Es que en mi pueblo las llamamos ovas. Bueno, bueno, pero que sea que esto, EN
VERDAD, son huevas.
Deja que te lo ponga en mayúscula porque lo entonó y loenfatizó.
Para instruirme. En verdad, dijo. Desde luego que no sabía de qué pueblo era
yo, ni la formación que tenía. Ni falta que hacía, porque ella tenía la verdad.
Igual en otra ciudad las llamarán de otra manera, y si acumulamos nombres vernáculos,
lo mismo juntamos veinte distintos. Pero el poso es siempre el mismo. Creernos
en posesión de la verdad. En los nombres, en los sucesos, en las ideas, sin
percibir la relatividad e imperfección de lo que sabemos. Lo nuestro es lo
bueno y verdadero, nos hacemos arrogantes y subestimamos al prójimo, al vecino,
al desconocido.
Por cierto, las ovas estaban exquisitas, aunque dadas las
circunstancias, me reservé preguntar cómo habían llegado a una ciudad de
interior un producto tan escaso. La obligatoria etiqueta de captura no aparecía
en la caja, ni en la ova ni en otro mucho género, que ese es otro temita. La
lucha por la trazabilidad de los alimentos en general y del pescado en
particular. Si no hacemos saber al consumidor la procedencia y frescura,
estamos perdiendo una oportunidad maravillosa de que la ciudadanía se
identifique con nuestro sector pesquero. Dado el tono que imperaba en la
pescadería, espero me disculpes porque no entrase en esa batalla. Cogí mis ovas
y me fui.
Está siendo un invierno especialmente húmedo. El agua es
vida, que alegría mirar al campo y su gente. A la gente de Sierra Morena le
cambia la cara cuando llueve, que me alegro. Cae dinero del cielo, he escuchado
decirles muchas veces. Tuve la suerte de recorrer las provincias de Salamanca y
Valladolid el otro día entera nevadas, que preciosidad.
Sin embargo, el efecto de la crisis climática , no lo
perdamos de vista, hace que los ciclos se intensifiquen, esto quiere decir que
las sequías serán cada vez más intensas y quizás más largas, y las lluvias más
concentradas, torrenciales a veces, como estamos comprobando en este episodio
húmedo. Escucho a la gente de los despachos de cristal reconocer el efecto del
cambio climático antropogénico, sería estúpido no hacerlo. Pero cuando hablan
de las medidas correctoras dicen que lo que tenemos que hacer para adaptarnos a
esta nueva realidad es construir infraestructuras que contengan y mitiguen las
avenidas y las inundaciones y de otro lado, aumentar nuestra capacidad de almacenamiento
(más embalses) para guardar el agua que pueda caer.
En términos económicos, como sabes, esto supone aumentar la
flexibilidad de la oferta. Es decir, evacuar cuando haga falta, guardar toda la
posible. Lo que, hecho, muy lamentablemente en falta, es que se actúe en el
otro lado de la ecuación, el de la demanda. Porque es impopular reconocer que
el verdadero problema es que, llueva más o llueva menos, lo que está ocurriendo
es que cada vez necesitamos más agua. Porque somos más personas, porque cada
vez hay más turismo, porque los sectores productivos son cada vez mayores y,
sobre todo, porque se ha asentado el mantra de que la única agricultura
rentable es la de regadío. Y puestos a regar, pues nada, así estamos viendo la
explosión de los cultivos superintensivos y el leñosos.
Cada año se baten récords en las OCAs de peticiones de
cambios de uso agrario. Tecnificar, caminar hacia el monocultivo, especular con
el suelo. Primar, esto es lo grave, lo económico respecto a lo social y
natural, subestimando que tienen que cumplirse los tres objetivos para mantener
la salud de la Tierra, que es la de todos. Con el agravante del chantaje,
falso, de que necesitamos seguir expandiendo la agricultura para alimentarnos.
Falso porque las grandes explotaciones buscan mercados industriales para sus
producciones. Son las pequeñas explotaciones familiares las que suministran el
75% de los alimentos. Y son esas las que están desapareciendo. Casi 20.000 han
cerrado en los últimos años en España, y muchas más han pasado a capital
privado internacional. Si, Ismael, a los llamados fondos buitre. Que son
sinónimo de pérdida de empleo, evasión de rentas, sector productivo extractivo.
Despoblamiento rural. Menor gestión del territorio. Mayor incidencia de la
crisis climática. Un círculo vicioso de difícil solución que acabamos pagando
todos.
Claro que tenemos que seguir insistiendo y trabajando para
que se produzcan los cambios que necesitamos, pero también hay fuerzas que se
resisten, evidentemente. Hay algunos a los que les va muy bien así y empujan
fuerte para que el sistema no solo se mantenga sino que se ancle. Mira los
aires de fascismo que llegan desde Estados Unidos que encuentran replica y eco
en Europa, la inmemoriada, la dispuesta a hundirse en sus peores errores. Enorme
desastre, y lo seguimos viendo como si no fuese con nosotros. Hasta que vengan
a por nosotros, ya sabes.
Una gran mayoría, que percibo silenciosa, ansía una sociedad
más igualitaria e integradora, en la que quepamos todos. Porque nuestros
vecinos Ismael son gente con visión, responsable, seria. Mira, por ejemplo, lo
ocurrido tras el fatal accidente de Adamuz. Fui a donar sangre el otro día y
Jose María me explicó que se han batido récords de donaciones de sangre en estas
semanas. Pues para mí es un gran indicador. Pero el cambio no termina de llegar
y visualizarse Ismael. Lo viejo no acaba de morir, lo nuevo no acaba de nacer y
ahora estamos en medio, donde aparecen los monstruos.
Te dejo una foto con Salva, que te manda recuerdos. Estuve
el domingo con él gritando de nuevo por la recuperación de La Janda. Hoy me
preguntaban si algún día lo lograremos. Imagina que solo cabía una opción. Desde
luego, por supuesto.
Mira a Salva, sigue igual el muy canalla. Te envía recuerdos. Tan radiante, tan vitalista, tan ilusionado por la vida como siempre. Como cuando saltábamos en Marruecos al ver llegar las cigüeñas a tierra tras cruzar el estrecho y les decíamos, bienvenidas. Porque ese es el éxito de ellas, de todos, que el ciclo de la vida continúe. Besos amigo,

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