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Un vividor

La ambivalencia del lenguaje, las diversas acepciones de las palabras me hipnotizan. Siempre me encantaron los chistes que juegan con el doble sentido para disparar la risa. Es muy divertida también la cara de desconcierto de los extranjeros cuando no pillan la broma. Cierto es que, en demasiadas ocasiones, los dobles significados son el origen de broncas tremendas, gajes del lenguaje. Quizás, por ese juego socarrón que en el sur adquiere niveles catedralicios, hemos aprendido, siempre por si acaso, a reírnos de nosotros mismos. El doble sentido, por aquello de la malicia genética que atesoramos, hace que la primera acepción que nos venga a la mente, la que tenemos en el subconsciente sea la mala. Eso requiere que a menudo tengamos que aclarar la intención del uso del término, especificando que lo decimos en “el buen sentido”. Por ejemplo, decir que Soy un Vividor, (que lo soy) requiere desarrollar que soy un vividor, en el buen sentido. Porque vividor, aunque en el diccionario de la R...

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