Solastalgia
Cambian los tiempos con la misma rapidez que nos ponemos las chanclas en verano. En estos días en los que muchos nos mudamos por un rato a otro tipo de entorno al que tardamos en aclimatarnos, ponen en las televisiones las películas antiguas como píldora de siesta. De las que protagonizaba Joselito, o Paco Martínez Soria, que todos nos hemos sonreído de cómo acaba mareado, recién llegado a la ciudad mientras arrastra la maleta de cartón y cuero.
En estos días, los mareados son los de la ciudad. Los urbanitas nos echamos a la playa y al monte, y tanto tratamos de mimetizarnos, que hasta nos ponemos en ristre el látigo cual Indiana Jones. Que muchos parecemos caricaturas de aventureros cuando salimos a dar un paseo por el parque por la tarde.
En estas fechas, muchos siguen conservando esa costumbre de
volver al pueblo de la familia, a reencontrarse con los espacios, los aromas,
los sabores de siempre. Lo que ocurre que el paso del tiempo es cruel con los
cuerpos, y también con el paisaje.
Porque el paisaje, Ismael, lo creamos nosotros con la
mirada. El territorio está ahí, pero es nuestra vida y nuestra experiencia lo
que dota al territorio de contenido vital, de cariño y de dolor. Vuelven los
que ya son abuelos al pueblo y se llevan todo el verano suspirando por los
rincones, paseando por el empedrado la mochila de la nostalgia por el tiempo,
la juventud y la gente que se fue. Pero a eso, hay que sumar, el lifting
profundo que están sufriendo muchos lugares que aparecen absolutamente
transformados de un rato a otro, y que, cuando volvemos, nos los reconocemos,
en ellos no nos reconocemos. Es lo que el filósofo Glenn Albrecht, llama Solastalgia,
la pérdida de la realidad. Soledad, abandono, ausencia, combinadas en un totum
revolutum que rompen el cordón umbilical con el sitio en el que fuimos. Quizás
solo por eso dijo el poeta que no debemos volver a los sitios en los que fuimos
felices.
El paisaje, es el alma del territorio, por favor, tenlo presente siempre. Cuando vuelvas a lugares que viviste, alimenta tu memoria que es, al fin y al cabo, la fuente de tu personalidad. Mira, por ejemplo esta foto. Siempre me arrimo aquí al muelle. En este punto estuvo el primer puente de Isla Cristina. No queda rastro de aquello. Solo la boca de la calle Carreras a un lado y el letrero que recuerda a Román Pérez en el otro. Hoy, mal punto de embarque nada más, pero hace unos años, el metro cuadrado más crucial del pueblo. Memoria y personalidad.
Otro elemento que está transformando nuestra realidad y
nuestras conciencias son los incendios forestales. Con los incendios, no quiero
calentarte demasiado con esto, pareciera que los dirigentes políticos
claudicarán. Como si estuviésemos sometidos a las profecías bíblicas. Todas son
excusas de impotencia ante la rapidez con la que avanzan las llamas, de lo
destructivo, de las condiciones extremas. Últimamente no hablan de sextas y
séptimas generaciones, pero estará al caer otro término grandilocuente en el
que refugiarse. Pero si, yo tengo claro que todas son excusas, sacadas de la
chistera rápidamente por los asesores, porque el fuego se apaga antes de que
prenda. En invierno, con especialistas manejando el monte en tareas de
prevención, fomentando y protegiendo la ganadería extensiva, salvaguardando y
dando la importancia que tiene la dehesa, la última barrera ante el desierto.
Se apaga con políticas económicas, laborales, sociales que permitan a la gente
seguir viviendo en su pueblo. Se apaga evitando especulación del suelo. Se
apaga entendiendo y asumiendo que estamos en uno de los puntos del planeta más
afectados por la crisis climática generada por la actividad humana. Se apaga,
por tanto, quitando de la ecuación, de los despachos públicos, de las empresas
a los negacionistas y retardistas climáticos que son hoy, en la práctica, un
duro escollo para afrontar con mejores herramientas lo que ya tenemos encima. Te
había dicho que no, perdona que se me caliente el pico, Ismael, pero es que
esto es más serio de lo que parece, y tengo la sensación de que estamos a por
uvas. Es que tengo la impresión de que en este mundo de rasca y gana, la
diferencia entre un héroe y un villano es quien vende más disfraces en Halloween.
Y hablando de uvas. De nuevo al traste la cosecha uvas y
vino otra vez este año por las condiciones climáticas extremas. Nos quedamos
sin vino en la mesa, y los viticultores sin renta. Que en la Ribera del Duero
están poniendo las cepas ya en las cumbres, a una altitud inaudita. Que no nos
enteramos de que esto de la crisis climática revienta cultivos, sectores y pone
contra las cuerdas a mucha gente. Y algunos, se han empeñado en generar bandos,
en cavar trincheras, en instalar la guerra permanente. Que triste cuando pienso
en la gente que está muriendo en El Tarajal, la de horas que hemos echado tu y
yo en esa frontera. Me estalla la cabeza que alimentemos el enfrentamiento y
abramos guerras. Nos olvidamos, querido amigo, que solo los muertos llegan a
conocer el final de la guerra.
Te digan lo que te digan, vente, arrímate a la costa, que te
hará bien. El otro día, cuando llevábamos ya unas jornadas de norte y foreño,
me di un baño, que delicia. Que el agua está fría, se quejan los playeros. Si
supiesen que eso es salud, que el agua viene limpia y rica desde el fondo del
océano, la disfrutarían más y se quejarían menos, que digo yo que el que se
queja por el agua fría en la playa y esa es su máxima preocupación, no le va
tan mal la vida.
Al lío, que me bañé en la playa de buena mañana, el agua
cristalina niño, y como crecía la marea, se arrimaban a la orilla las bailas y
las herreras, que preciosidad verlas serpentear cerca de mis pies. Me dieron
ganas terribles de montar la caña y arrastrar despacio, como hacíamos cuando
niños en los concursos, moviéndoles el cebo para incitarlas a picar.
Esa misma tarde, como si de un conjuro se tratase, buscando
otra cosa, me topé con los trofeos de pesca, buena colección tenemos, que en
todos los concursos nos llevábamos algo. Mira esta foto que te he hecho, de
cuando gané el trofeo de la virgen del Carmen,
era un crío. La rabia que me dio el día de la entrega del trofeo que algunos se
rieran porque casi no podía levantarlo y que era casi tan grande como yo, pero
lo había ganado con toda justicia. Ahora creo que les salía en forma de risa la
envidia, pero es que lo hacíamos muy bien. Tenemos que admitir que el mérito de
verdad era el de mi abuelo Antonio, que siempre se negó a acompañarme a las
entregas de premios pero era el verdadero artífice de que yo hubiese aprendido
a leer el agua.
Porque cuando yo era tan pequeño que apenas me manejaba,
convenció a mi madre para que me dejase salir un rato con él de pesca al río. Ahí
se abrió un mundo. Aprendimos que la pesca empieza mucho antes de lanzar el
anzuelo al agua. Los días previos hay que apañar bien los aparejos, ovillar
bien la tanza, empatar los anzuelos, elegir la plomá y los números de grillete
y anzuelo según a qué tipo de pescado fuéramos y lo grande de las mareas.
El día propio de pesca, echarnos al bote y arrancharlo,
ordenar bien todo el equipo, evitar el agua salada a una cosa, el sol a la
otra, tensar los remos, comprobar su agarre con el tolete, revisar el timón. Solo
entonces estaba todo listo para ir a coger el cebo. Carnada le llamamos allí.
La mayoría de las veces almiñocas o galeras, trozos de longuerones para los
róbalos, láminas de concha fina o pulpo para las anguillas.
Controlar los tiempos y ser escrupulosamente rigurosos con
los horarios que marcaba la marea era fundamental. Teníamos que estar en el
fango cogiendo los gusanos media hora antes de la bajamar. Que lujo en aquel
tiempo la ría, no cabía en ella la vida, era inagotable. Había almejeros,
palangreros, nasas de chocos, trasmallos, chavales corriendo detrás de los
caballetes para las bocas, camarones,…., todos compartíamos espacio, para todos
daba la marisma.
Con el culillo de botella lleno de almiñocas, las justas y
necesarias para las dos horas de pesca, me tocaba darme una carrera arriba al
astillero, subiendo por el lateral del carro, sin meterme debajo del barco que
estuviese varado. Al entrar en el propio astillero, llegaba uno de mis momentos
más favoritos, tirarme de cabeza al foso lleno de serrín bajo la aserradora.
Añoro los carpinteros de Ribera, que maravilla de hombres y oficio. Siempre me
decían dónde estaba el serrín de pino negro. Yo, que traiga la nariz hasta
arriba de algas, salmuera y barro, era una explosión tirarme en el serrín y que
me cubriera hasta la cintura. Yo solo necesitaba un puñado para embadurnar los
gusanos y que se mantuvieran vivos y a gusto, pero lo del serrín era lo más.
Sigo echando la nariz al serrín siempre que puedo, lo del olor a madera recién
cortada, me flipa.
Con los gusanos nadando en serrín, corría entonces abajo,
que mi abuelo ya estaba impaciente a los remos. Era el momento de pertrechar el
bote y encajar todo para que, cuando llegásemos a la boca del caño y tirásemos
el rezón, en el momento exacto del punto de creciente de la marea, solo
tuviésemos que cebar el anzuelo y echarlo al agua.
Lo del repunte de marea lo tenía estudiadísimo. Bastante
después le puse método científico. Y es que, al subir la marea, aumenta el
nivel de agua en los caños. Los peces se meten desde la desembocadura hacia la
marisma hambrientos, es el rato en el que están más activos, así que, si hay
peces, muerden el anzuelo. El último saber no compartido con otros pescadores
era la ubicación exacta de entrada del caño, donde la corriente era más viva,
donde se movía más vida.
Empezaba un rato frenético en el que había que resolver los
problemas de forma ágil, un nudo, el carrete que se atasca, el reviro del Cabo,
una mojarra que se traga el anzuelo hasta el estómago. Lo importante era darlo
todo durante la hora de repunte de creciente, el mejor momento del día para la
pesca en la marisma.
Mi abuelo iba a dos aparejos, mientras uno pescaba, recogía
el otro, normalmente con dos pescados a la vez, cebaba y tiraba para volverse a
por el otro. Yo, durante bastante tiempo me manejé con una cañita, la mayoría
de las veces subía uno. Cuando cogí soltura, también me pasé al par de
aparejos, pues ya no se me liaba la tanza en los pies, aprendí a lanzar los
pescados a la canasta sin que se salieran y, como un cirujano, tenía todo lo
necesario a mano y gané en precisión. Siempre me quedará como inexplicable como
podía mi abuelo tener más soltura con sus dedos porrudos que yo con mis
alambritos de chaval.
Aprendí a diferenciar las picadas, las agresivas de las
doradas, los coletazos de los robalos, el dejarse venir de las bailas y las
herreras. Aprendí a lanzar más lejos o más hacia el flujo de la corriente
cuando había doradas o róbalos, y a tener paciencia y destreza cuando llegaba
un rato de aguas turbias o subía la plomá cargada de limo.
Cuando, al cabo de pocos suspiros, el pescado iba llegando
al borde de la canasta, mi abuelo decía, tira la última vez y nos vamos. Se me venía
a la mente entonces mi madre diciendo aquello de qué hago yo ahora con todo
este pescado, que era donde acababa todo buen día de pesca, con la canasta en
el fregadero.
Bueno, imagina que, con esta escuela, cuando mi tío me animó a participar en los concursos, iba muy entrenado. Cierto que la playa tiene otra técnica, hay que lanzar, mayores distancias, cañas de más peso y longitud, carretes más técnicos. Todo es más vertical, pero lo del buen cebo recién cogido y leer el agua era lo mismo.
Así, para mí, los primeros diez minutos de concurso consistían en tirar una vez cerca, otra vez lejos, dejar el anzuelo quieto o arrastrarlo despacio según estuviese el fondo, tanteando que especies y donde estaban ese día. Cuando los rivales más cercanos se copiaban de lo que yo hacía, les llevaba unas cuantas capturas de ventaja. Algún que otro padre de rivales se ponía disimuladamente detrás mía tratando de descubrir las claves. La pesca es de las actividades más retadoras y gratificantes que existen aunque no sé si para mí lo de pescar está ahora en el saco de la Solastagia, habrá que comprobarlo. Cuídate mucho.

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